Soy de Trelew, del sur. Y durante años fui muy flaca. Pero no de la flaca que todas dicen querer ser: de la que se para frente al espejo y no le gusta absolutamente nada de lo que ve.
Me sentía fea. Odiaba mi cuerpo. Me sacaba fotos y las borraba. Me probaba ropa en un probador y salía con ganas de llorar.
Así que hice lo que hace todo el mundo: busqué ayuda.
Probé planes. Probé programas. Probé lo que me recomendaban. Ninguno servía. Iba al gimnasio y no sabía qué hacer — daba vueltas entre las máquinas copiando a gente que parecía saber, sintiéndome completamente fuera de lugar.
Y cuando pedía ayuda, pasaba lo peor de todo: nadie me entendía.
Todos me decían la misma frase. "Pero vos estás bien así." "Comé más y listo." Como si el problema fuera que yo estaba exagerando. Como si sentirme mal con mi cuerpo fuera un capricho.
No había un programa para mí porque todos estaban hechos para el problema opuesto al mío.
Todos estaban diseñados para bajar. Y yo no necesitaba bajar nada. Yo necesitaba construir.
Ese día dejé de buscar a alguien que me salvara y me puse a estudiar por mi cuenta. Meses de investigar, probar en mi propio cuerpo, medir, equivocarme y corregir. Hasta que armé el método con el que finalmente conseguí lo que quería: el MÉTODO 3G.
Pero le puse una condición, y es la que más me importa de todo esto: tenía que poder sostenerlo sin encerrarme.
Porque yo ya había probado la otra versión. La de comer aparte en la mesa familiar. La de decirle que no a todos los cumpleaños. La de llevar el tupper a la reunión. Esa versión funciona tres semanas y después te destruye — y encima te deja sola.
Yo quería otro cuerpo. Pero no a cambio de mi vida.
Y funcionó. Cambié mi cuerpo sin perder mi vida social. Y un día me miré al espejo y, por primera vez, me gustó lo que vi.
Esta soy hoy.
Hoy hago esto por una sola razón: sé exactamente lo que se siente estar del otro lado, sin nadie que te entienda. Eso es lo que vine a arreglar.
— Valentina Alonzo